26/8/17

El olvido de Ariadna

Huye de mí la luz esquiva. No roza el viento delicado. Permanece en silencio la espuma. Ya no quiere salpicar a la amnésica noche. Se perdió Ariadna.

El nudo se ha ido hundiendo. No por más profundo, más intenso. Solo, ahora siempre, el silencio. No hay cenizas de Teseo, ni cálida isla en la memoria. Todo quieto.

Palabras a regañadientes que no quieren leerse a sí mismas. Un fuego claro y vacío que abraza un bloque de hormigón.

El discurso sustituyó al susurro, la suave melodía a la desordenada percusión. Cercano, angular horizonte. Una recta espiral. La muda letra que se ha ido de las manos. Para el pecho, perpetuos guantes.

No hablan las que llamaron criminales, ni para adular. Polvo enredado sobre un aséptico lienzo. Estruendo para los oídos.

Y en el lecho, aire.

Plomo que se adueña de los días y de las pupilas. Y hay quien quiere venderme a otro sol de plástico, y que salgan del gaznate desafinados cantos.

Pero yo, sobre el tejado, bajo ningún manto, me sigo negando a regalar mi voz, mientras mis ojos, cada vez más grises, olvidan el olvido de Ariadna.

30/6/17

25-6-17

Mis brazos se hacen fuertes por tener que levantar mis ganas del suelo con tanta frecuencia, ahora debido a la presencia de este sol que amo y temo. Tal vez porque ya no es capaz de iluminar los espacios en blanco del alma, o porque se empeña en secar, en lugar de nutrir, paraísos ausentes.

Y me aferro a las risas que he aprendido, con lustros de retraso, a compartir. Es agradable y puede que necesario en proporciones equilibradas, pero demasiado normal. Me aferro también a los quehaceres, convirtiéndome en un ente que se balancea en un atropellado vaivén.

Y mientras tanto, Apolo y Dafne, que han cambiado las tornas, continúan su carrera, intentando la segunda alcanzar a un Apolo desengañado. Pero el Critilo que la parte superficial de mí desea ser huye de la dulce ninfa, amiga de los pájaros, confidente del viento.

Huye porque aún oye los gritos de desgarros pasados, porque ha perdido la fe en el fuego prometeico y en el poder de los rayos, porque duda de que, una vez convertida en árbol, pueda el alma volver a volar.

Y se enredan los desgarros con insaciables nudos de mar. Y el sol, ante mi impasibilidad, decide esconderse tras las nubes para derramar las lágrimas que tiene guardadas.

27/5/17

Hacia mis retazos

Se cierran mis hojas en torno a la perla; negra, como el manto que me acoge. Y absorben lentamente las espinas, las que pinchaban hacia dentro, rasgando las entrañas; las que, en opuesta dirección, destruían y envenenaban sin piedad las palabras.

Camino, ahora, liberada. Tras atravesar la atmósfera plomiza y permanecer en la Nada creadora, ausente ya de raíces que no embriagan, salgo al exterior. Busco retazos del alma, que, entre la otra Nada y yo, descosimos con burdas manos y dejamos abandonados en caminos polvorientos y en senderos encantados.

Prosigo, esta vez sin magos, con un hada de alas rotas que mis lágrimas reaviva, entre el sol y las estrellas. Al extender mis dedos, casi puedo tocarlas; pero no debo distraerme. Los fragmentos que busco no están a los lados. Si no cierro los ojos, no podré encontrarlos jamás.

8/2/17

Ojos claros

Se llevaron el camino de ladrillos amarillos cuando aún no había aprendido a volar. Y aquellos ojos permanecieron dormidos allá donde las lágrimas se olvidan a sí mismas. Pero, no sé si por suerte o por desgracia, la vida es cíclica y llama a la puerta de la conciencia cuando menos lo esperas.

Siempre creí que los ojos claros estaban vacíos, porque los primeros que iluminaron mis cabellos quedaron enterrados muy pronto. Y es solo ahora, después de tantos años, cuando mi alma vuelve a recordar.

Ojos que reflejaban sueños, ventanas al espumoso terciopelo. Ojos a veces montaña, a veces aquel lago de Sanabria que guardaba en su interior una corriente cálida. Y, sobre todo, el valle que parecía un lecho en el que todo el Universo me arropaba, con su templo de Silencio en el centro.

Pero en todo cuento hay una sombra demasiado real a la que le gusta rasgar páginas. Ni siquiera recuerdo cómo el valle y el lago desaparecieron. La dulce soledad a la que invitaban fue sustituida por la asfixiante compañía de un espino oxidado. Y tuve que comenzar a recorrer el mundo sin una sola huella que me marcase el camino. Poco a poco fui convirtiéndome en mujer sin saber lo que significaba serlo.

Me dijeron que tu mirada se había nublado, que los gusanos plateados habían perforado tu rostro. Pero hoy aparecen tus ojos y, a pesar de los más de veinte años transcurridos, me reconocen a la primera, y en ellos reconozco yo la misma serenidad, aunque apenas los pueda acompañar ya una sonrisa.

Tal vez el camino de ladrillos amarillos ha desaparecido para siempre, pero hoy el cielo es un poquito más claro.