30/6/15

La bruja de Mr. Shadow

Siempre la veía ponerse su disfraz: comenzaba por la malla de color carne que le servía para ocultar todos sus forúnculos, después se ponía una tela fina que impregnaba su cuerpo de un agradable aroma a rosas y seguía con la túnica blanca, las alas de colores brillantes y, por último, la peluca y el maquillaje. Pero lo que más cambiaba su aspecto era el gesto sonriente que adoptaba de forma instantánea y el tono de su voz.

Llegaban entonces sus invitados y ella mariposeaba a su alrededor, intentando que en todo momento se sintieran complacidos. Cuando se iban, contemplaba, aún con esa sonrisa, el termómetro que indicaba el número de halagos que le habían hecho durante toda su vida, o para ser concretos, durante la vida que recordaba con claridad.

Una vez satisfecha, se despojaba de su disfraz y volvía a su aspecto natural. Bajaba al sótano, donde tenía enjaulados a unos pequeños animales y comenzaba sus torturas diarias. Mientras tanto, yo permanecía en mi alcoba con la puerta cerrada y silbaba para no tener que oír los gritos.

Hoy recorro los pasillos que ya no me parecen tan lúgubres. Ni siquiera la visión de los gusanos que moran en la bañera me resulta tan repugnante. Tal vez porque esta misma noche estaré dándome una deliciosa ducha en un cuarto de baño que no se cae a trozos. Tal vez porque las garras de Mr. Shadow y su bruja no podrán volver a tocarme.


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