1/8/13

La niña buena: capítulo 2

 Capítulo 2 En que Paola deja de comer
Espero que disculpéis a Paola, pues se encuentra ocupada y en esta ocasión yo me encargaré de narraros esta parte. Quizás no sea la única vez que nos encontremos.

Paola era una niña tranquila, inteligente y tenía buen comportamiento, sobre todo en el colegio. Reaccionaba de manera positiva ante la justa disciplina, de modo que los demás pensaban que se mostraba dócil con cualquiera, peor no era así. Es cierto que su timidez no la dejaba sacar ese carácter que sólo conocían en casa; así que se limitaba a callar y a seguir haciendo sus cosas. Como una actitud o persona no le gustase se mantenía en sus trece.
Estaba terminando el primer año de secundaria y ya se respiraba el buen tiempo. No era una chica popular pero tenía dos buenas amigas y se llevaba bien con el resto de sus compañeros. La chica que se sentaba a su lado era realmente simpática y divertida, sin embargo no podían verse fuera del colegio porque vivía en un pueblo. Paola sintió mucha curiosidad cuando Noelia le contó que allá en el pueblo tenía novio y se habían besado. Pasó días preguntándose cómo sería tener novio. Parecía muy interesante. A ella le habían gustado algunos niños de los diferentes colegios en que había estado, pero ellos nunca lo supieron y ni siquiera se le pasaba por la cabeza eso de besar a un chico.
Paola se quedaba en el comedor. Hacía esfuerzos por probar la comida, pues en casa no le daban verduras ni aquello que no le gustase y en el colegio los macarrones llevaban cebolla y salsa de tomate, las lentejas trozos de zanahoria y pimiento, le ponían huevo cocido con una salsa verde de aspecto horrible, lechuga, etc. Aunque no estaba acostumbrada comía al menos la mitad. Ya le pondrían en casa lo que le diera la gana; si su madre la veía poner mala cara ante un plato le cocinaba otra cosa. Luego se quejaba de que fuera tan especialita, pero prefería aguantar sus gritos a comer lo que no le gustaba.
Las chicas mayores se sentaban en las mesas de atrás. Aunque sólo se llevaban un año su actitud era muy diferente. Se pintaban las uñas, se preocupaban por la ropa y se reían todo el tiempo. Un día la cuidadora del comedor las regañó porque dejaban todo en el plato, y otras veces metían trozos de comida en servilletas o la tiraban donde podían para fingir que al menos la habían probado.


El verano se presentaba interesante. El último día de clase fueron a la piscina todos los compañeros y Paola disfrutó mucho. Le gustaba hacer largos y también jugar con sus amigas, aunque le daba miedo tirarse. Iba caminando por el borde cuando de repente Óscar la empujó. Descubrió entonces que tirarse al agua no sólo no daba miedo, sino que además era divertido.
Ese día, sin saber por qué, se fijó en Joel. Le caía muy bien. No era el típico guaperas; a ella no le gustaban los guaperas, le parecían demasiado engreídos, pero desde luego que veía a Joel guapo además de amable, respetuoso, buen estudiante y leal con sus amigos.
El día terminó, dando paso a unas agradables vacaciones con mucha música, libros y un bebé al que a veces cuidaba, su hermano, que había nacido tres meses antes. Pero como dicen lo bueno, si breve, dos veces bueno. Septiembre regresó cargado de responsabilidades.

Paola vivía en casa de su abuela, en un barrio construido hacía doce años, a media hora en autobús de su colegio. No penséis que todas las zonas periféricas son lujosas. Todas las casas allí, incluida la de su abuela, eran viviendas de protección oficial. Los edificios eran relativamente nuevos pero sencillos, de tres pisos sin ascensor. Había muchos gitanos, pero a Paola no le daban miedo como le pasa a la mayoría de la gente. Ella era una niña tranquila que no se metía con nadie, e incluso era amiga de algunas niñas muy vivarachas con las que iba a las actividades organizadas por la asociación de vecinos. El verano anterior, cuando le faltaba poco para cumplir los doce, un chaval de su edad le pidió salir. Era muy guapo, con su piel morena, su melena ondulada y su mirada atrevida; más que gitano parecía un indio. Tenía un precioso perro blanco, un Alaska Malamute. No puedo negaros que era un niño revoltoso, pero sólo hacía falta un gesto de su abuelo, que era el patriarca, para que se comportara como todo un caballero. Allí la mayoría de los críos tenían mucho respeto a la gente mayor, fueran payos o gitanos. No podemos decir lo mismo de los niños payos, bastante déspotas y maleducados. El caso es que Paola le contestó que era demasiado pequeña como para salir con un niño. En el fondo se sentía por una parte alegre y por otra extrañada, pues sabía que no era la clase de chica que impresiona a los niños. Nunca fue una niña bonita de las que llevan vestidos y el pelo largo y les gusta el color rosa. Su abuela sus tíos no le decían, como a algunas de sus primas que qué guapa era. Ella era la lista, la que sacaba las mejores notas, pero no era la guapa.
Tampoco se asustaba Paola de las mujeres de rostro ajado y pocos dientes que recorrían la carretera para ver si algún coche les paraba. Algunas veces Paola caminaba por allí para ir al siguiente barrio y los camiones le pitaban pensando que ella también era prostituta, pero simplemente seguía andando sin mirar atrás y la dejaban en paz.; Ni le daban miedo esos señores flacos y poco aseados que subían al autobús para ir al barrio a comprar droga. Parecían buenas personas, como Paco. Paco fue el primer novio que tuvo su madre tras divorciarse. Estaba un poco enganchado a la heroína, pero era un buen tipo. Le recordaba pidiendo a mi madre papel albal y quemando una cuchara por debajo; nunca supo cómo lo utilizaba. En esa época tenía unos cinco años. Era el único hombre al que llegó a llamar papá. A veces se pasaba con la disciplina, pero era cariñoso y se le notaba que lo hacía de corazón. No quiero salirme más del tema, aunque quizás le sugiera a Paola que le dedique un capítulo a este hombre que aún hoy guarda en sus recuerdos.
Os he contado lo del barrio porque, aunque estaba lejos del colegio, otros dos vecinos estudiaban allí: su amigo Héctor y Silvia, que tenía su edad pero iba a la otra clase. Héctor y ella solían ir juntos en el autobús y en ocasiones coincidían con Silvia, sin embargo no se sentaban con ella. Como pasaban tiempo juntos y se llevaban bien, en el cole les decían que eran novios y eso a Paola le molestaba mucho; era sólo una niña y de momento no quería tener novio. Su compañero Joel le seguía gustando, pero no se le pasaba por la cabeza lo de los besos. En cambio algunas de las niñas se habían vuelto un poco tontas con el tema. Estaban de moda los pantalones ajustados con campana y las plataformas. Algunas se maquillaban, se pintaban las uñas, pero no de rosa, sino de blanco, negro, azul... y otras pocas tenían novio; incluso una de la clase de Silvia les contó que salía con un chico de veinte años.
Paola seguía quedándose en el comedor. Ahora ellos eran los mayores; el año siguiente irían al instituto. La comida no había variado: las lentejas con zanahoria, los macarrones con tomate y cebolla, los huevos con salsa verde y la lechuga que todos decían que tenía bichos. No era muy agradable a la vista y quizás tampoco al paladar; aún así se esforzaba en comerse casi todo. Las clases terminaban a las cinco. Entonces bajaba la avenida hasta la parada del autobús, junto a la que había un kiosko que vendía unos pasteles deliciosos y todas las tardes se compraba uno. Le sabía realmente delicioso. Luego llegaba a casa, estudiaba y jugaba con su hermanito, que estaba más gracioso ahora que empezaba a hablar y a sostenerse.

El invierno se acercaba y las dos clases de los mayores se quedaban después de las cinco a ensayar la función de navidad, lo que hizo que Silvia y Paola cogieran más confianza. Un día Silvia le propuso que fueran juntas por la mañana . Al día siguiente Paola la esperó en la parada con gesto reservado, pero Silvia era de estas personas que enseguida te sonsacan y Paola respondió incómoda a sus preguntas. Cuando bajaron del autobús fueron a llamar a otra niña, y después a otra y a otra y a otra más. Iban vestidas con esos pantalones y llevaban las uñas pintadas. Hablaban de otros niños mofándose de ellos e incluso a veces se burlaban de la propia Paola en sus narices. Ella normalmente callaba, pues no quería participar en esas conversaciones sin sentido. Lo peor de esas niñas es que estaban locas por el Charly, un guaperas repetidor bastante gamberro que también la había insultado alguna vez. Una de aquellas mañanas lo pasó mal de veras. Un pájaro le manchó con sus excrementos el pelo y estallaron en carcajadas. Prefería escucharlas cantar las canciones de los asquerosos Backstreet Boys que reírse de aquella manera, sobre todo la gorda Vanesa; no porque fuera gorda, pues tenía amigas gordas muy agradables, sino porque era toda una brutota, tal como Paola lo expresaba; parecía una matona.
Un día iban hablando precisamente del físico, que si una había adelgazado no sé cuánto, que si otra tenía la barriga no sé cómo y cosas por el estilo. Y Paola tomó la errónea decisión de sincerarse y contarles que siempre había tenido los muslos un poco gorditos, nada grave, pues en las revisiones médicas todos los años entraba dentro del percentil. Entonces a Silvia, que por cierto era una niña extremadamente delgada, se le ocurrió decir: No me extraña, con esos pasteles que te metes por las tardes. Esto le dolió a Paola más que lo del pájaro. Era su madre quien le daba dinero para que se comprara algo. Además, ella sólo comía golosinas los domingos, no como esas niñas que lo hacían todos los días y desde primera hora de la mañana. Mejor sería un pastel traído del obrador que no esas golosinas fabricadas en masa.

Un tiempo después algo le sucedió. No supimos exactamente cómo llegó a eso. Fue como si hubiera perdido un pedazo de su ser, como si no recordara quién había sido antes. Empezó a vestir igual que esas niñas, a maquillarse y, lo peor de todo, a dejar de comer. Ya no le importaba que la riñeran en el comedor e incluso se mostraba un poco déspota en clase. Su madre se limitó a darle unos papeles sobre la anorexia nerviosa. Era esa la clase de cosas que le incomodaba de ella; en lugar de buscar la raíz del problema lo achacaba todo a causas externas, incluidos males de ojo, y no nos olvidemos de la negra (más adelante sabréis quién es) y del ¡hijoputa de tu padre!

Paola pensaba que al tener mejor tipo y ponerse ropa moderna y maquillaje Joel se fijaría en ella, pero desde su cambio ya no la respetaba igual que antes. Se enteró de que le gustaba porque la veía pintar corazoncitos con su nombre en las tapas de los libros (jamás antes había pintado un libro; era muy cuidadosa) y ya no era simpático con ella. Sus amigas la siguieron apoyando aunque estaban preocupadas. En unos meses volvió a comer normalmente. Su salud no resultó afectada y sólo llegó a perder cinco o seis kilos. Sin embargo, desde entonces ya no volvió a ser la misma.

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