28/7/13

La niña buena: capítulo 1

¿Os habéis preguntado alguna vez cómo un buen niño o una buena niña se desvía del camino y se convierte en una persona problemática? Os contaré parte de mi historia, a ver si entre todos podemos llegar al fondo de la cuestión.

Capítulo 1 En que Paola se escapa de casa de su padre

Me llamo Paola y soy de una ciudad como tantas otras. Mi madre se pensó mucho mi nombre porque no quería que nadie me llamase con diminutivos. Le gustaba Carolina, pero entonces salió una canción un poco tonta que lo mencionaba y tuvo que seguir pensando. Al final escogió éste. Lo que no sospechaba es que la gente, como quiera, saca diminutivos de cualquier palabra, aún saltándose las reglas esenciales del lenguaje. Fue así como algunas personas moldeaban mi nombre cual trozo de plastilina y me llamaban Paolina, Paolita, Pao e incluso tuve una amiga que me llamaba sólo Pa. Y el colmo fue oír veinticinco años después de la complicada elección cómo mi propia madre me decía: Pao, ¿has visto la llave inglesa?; Pao, ¿sabes dónde hay pilas que funcionen? Pero a esas alturas ya me daba igual cómo ella utilizase mi nombre. Sí, lo sé. Ha sonado duro, sin embargo pronto lo entenderéis.
Empezaré con algo que me pasó a los catorce años, cuando habían transcurrido dos desde que todo se estropeó. Fue en la fase en que estaba gorda. En realidad siempre me habían sobrado un par de kilos, pero esta vez engordé intencionadamente, y bastante, por lo menos diez kilos.
Tenía catorce años, pues. Mi madre estaba en el hospital; no recuerdo de qué la operaban esta vez; siempre tiene alguna enfermedad. Mi hermano pequeño se quedó en casa de una tía y yo me quedaría con mi padre. Preparé el macuto con el chándal, el peto de pana, los vaqueros y jerséis y cogí el autobús. Mi padre no se había mudado tantas veces como mi madre y yo. En esta casa llevaba ya unos cuantos años. Era muy bonita, a las afueras, frente a una elegante urbanización y cerca del mayor centro comercial de la ciudad. Me llamaba la atención porque, al contrario que las casas en que yo había vivido, no se caía a pedazos. El suelo y las paredes se veían brillantes, era amplia y además estaba limpia y ordenada. Mi padre es un tipo tranquilo y simplón, pero muy amable y de buen corazón, algo que por aquel entonces yo no sabía. A mí me habían dicho que tenía dos caras, bueno en la calle, malo en casa. Desde muy pequeña me advirtieron sobre él. Mi madre me decía: ya lo comprobarás por ti misma cuando seas mayor. Ella me contaba las cosas horribles que le hacía, que si se reía de ella, que si era nudista y la dejaba en vergüenza delante de la familia y cosas peores. Yo no lo conocía mucho. Cada vez que empezábamos a vernos de manera continuada ellos discutían y pasábamos años comunicándonos sólo por carta, pues nunca tuvimos teléfono fijo ni había móviles. Me gustaban las cartas que me escribía, donde me decía que me quería y me echaba de menos y que siguiera siempre a mi corazón. No os imagináis la que me montó mi madre a cuenta de la frasecita. Que si eso es una tontería, que si hay que pensar con la cabeza... Y cuando mi madre soltaba sus impetuosos discursos yo le daba la razón. Era mi heroína (ahora sé que en los dos sentidos).
Bajé del autobús y caminé hacia la casa. Era tan bonita y tranquila esa zona. Fui hasta el último portal del bloque largo y blanco de tres o cuatro pisos y llamé al interfono del último portal. Me daba un poco de vergüenza pero tenía que hacerlo. ¿Que cómo puede sentir alguien vergüenza de su propio padre? En realidad me pasaba con todo el mundo, hasta con mi abuela y mis tíos maternos. No os cuento ya lo que me incomodaba ir a hacer recados. De pequeña me escondía detrás de mi madre cuando nos visitaban o cuando paraba a hablar con alguien por la calle. No era de esas niñas encantadoras que responden a las preguntas de los adultos o que al menos les regalan una sonrisa.
La puerta del portal se abrió sin que nadie contestara. Atravesé el hall y llamé al timbre de la casa, que estaba en la planta baja. Tenía el estómago revuelto de pura timidez. Sonó el picaporte y la puerta comenzó a abrirse. Y entonces me llevé un susto tremendo. Mi padre estaba completamente desnudo. Le saludé en un susurro, procurando no bajar la mirada de su cara. Espera un momento, me dijo. Se le veía sorprendido. Quizás no me esperaba tan pronto. Desapareció por el pasillo y yo me metí rápidamente en el baño con macuto y todo. Respiraba de manera acelerada y tenía ganas de llorar. Yo me voy de aquí, pensé. Salí sigilosamente del baño. No había rastro de mi padre. Debía de estar vistiéndose. Cogí por enésima vez mi macuto y huí veloz. Cerré la puerta con cuidado y caminé agitadamente hasta estar bien lejos. Decidí ir a casa de una de las hermanas de mi madre, que vivía a medio kilómetro de allí. Estaba más nerviosa que nunca. No entendía las emociones que me golpeaban por dentro. No sé si me sentía dolida, decepcionada o asustada. Mi madre ya me lo había advertido. Mi madre siempre tenía razón.
Poco queda por contar de esta aventura. En casa de mi tía por fin rompí a llorar, ni la timidez me frenaba. En las horas posteriores se armó un gran revuelo. Mi padre había llamado no recuerdo a quién, alarmado porque había desaparecido. Mi madre se acabó enterando. Ya imagino los improperios que soltaría contra el “sinvergüenza” de mi padre. La noticia voló de unos familiares a otros hasta que la tía que me estaba cuidando tranquilizó a mi madre diciéndole que yo estaba bien. Y por supuesto comenzó una de esas temporadas en que trascurrían varios años sin ver a mi padre.

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