8/5/13

La vaca que quería ser libre... y lo consiguió.


En un prado había unas vacas. Vino un granjero malo que se llevó las vacas a un centro de tortura para sacar mucho mucho dinero de la industria cárnica. Las vacas no se daban cuenta, pero entonces unas pocas comenzaron a descubrir la verdad, y esa verdad fue transmitida al resto de las vacas. Así que se rebelaron y mugían con todas sus fuerzas e insultaban al granjero. Y entonces pidieron tener otro granjero que les llevase de nuevo al prado y las cuidase como hasta entonces. Tanto mugían y se rebelaban que otro granjero entró en el matadero y discutió con el granjero malo. Defendió los derechos de las vacas y les prometió un gran prado con hierba fresca y abundante, atención veterinaria gratuita y revisiones preventivas, servicio de limpieza de estiércol también gratuito, grandes bebederos con agua de la montaña y ser ordeñadas muchas menos veces que en el centro de tortura del granjero malo. ¡VAMOS A VOTAR!, dijeron. Un mugido significaba un voto para el granjero bueno, dos mugidos, un voto para el granjero malo. El resultado fue evidente. Las vacas entonces se fueron a un precioso prado y allí vivían felices. Tan sólo tenían que ser ordeñadas alguna vez al día, pero el granjero era delicado y no tenía nada que ver con esos aparatos tan dolorosos que utilizaba el granjero malo. Y eso no era todo, cada cierto tiempo llevaban a una vaca a un sitio que el granjero decía que era espectacular y se quedaba allí para siempre. 
Las vacas disfrutaban de hermosas vistas: los picos montañosos en el horizonte, un río cristalino serpenteando por el valle, las águilas volando sobre sus cabezas... Un día una vaca le preguntó a otra: 
-¿Quién es el granjero de las águilas?; y la otra, que había adquirido algún conocimiento sobre el exterior le contestó: 
-Nadie, amiga. Las águilas no tienen granjero.
-Entonces ¿por qué no se mueren de hambre?
-Porque consiguen la comida por sí mismas; la vaca que había preguntado se quedó pensando sobre ello. Miró lo que había más allá de la verja. En la colina, en el valle y las montañas también abundaba la hierba, como en su prado y además había unas preciosas flores. Otro día le preguntó de nuevo a la vaca con conocimientos si no podrían ellas vivir afuera, como las águilas, sin granjero. Pero entonces le contestó, muy asustada, que los lobos acechaban en lo alto de la montaña y el granjero estaba allí para protegerlas. Sin embargo, a pesar del miedo, una sensación misteriosa había calado hondo en la vaca curiosa. 
Día tras día, su vida en el prado se volvía más predecible y poco interesante. Y entonces decidió hacerlo. Una noche escapó del prado y corrió y corrió hasta llegar a una cueva. El sentimiento de misterio aumentó considerablemente en su interior y entonces oyó un gruñido y también sintió miedo. Recordó lo que le había dicho su compañera acerca de los lobos. De la negrura de la cueva surgieron unos colmillos grandes y afilados. El lobo se disponía a atacar cuando una loba de ojos brillantes le indicó que se detuviese. Miró directamente a la vaca y susurró al otro lobo: fíjate bien, no es lo que aparenta. Así se enteró la vaca de que en realidad, hacía años, le habían dado una poción para que se viese como una vaca y el único modo de deshacer el hechizo consistía en recordar quién era en realidad. La loba le regaló un talismán que le guiaría en su búsqueda. Y partió. Observó a los osos, a los ciervos y las cabras, a las serpientes y a las águilas, pero no sentía que fuese ninguno de ellos, aunque los admiraba profundamente, igual que a sus amigos los lobos. Una noche sin estrellas el talismán se iluminó y emitió un sonido. Fue siguiendo los rayos de luz del talismán hasta que llegó a un claro del bosque donde entró en un estado de ensoñación. Se sintió ligera y transparente y sin darse cuenta comenzó a transformarse en todos los animales que conocía y otros que aún no había visto. Entonces descubrió el gran secreto: que ella era nada y todo al mismo tiempo y que podía elegir qué forma tomar y ésta no tenía que ser permanente. De repente, sin ninguna imagen en su mente, su cuerpo se movió como una enredadera. Sabía que acababa de adquirir su forma esencial, pero no sabía cuál era. Se acercó a la orilla del río y vio un hermoso cuerpo de caballo blanco con dos majestuosas alas. Y comenzó a volar. Y en lo alto del cielo tomó el color rojo, el verde, el azul, el violeta, el amarillo... se vistió de todos los colores hasta que decidió quedarse sólo con uno, por el momento. Y cuando amaneció voló por encima del prado de sus antiguas compañeras, las vacas. Después vio al granjero salir con una de ellas y lo siguió. Llegaron hasta el matadero del granjero malo y éste le dio unos billetes a cambio de la vaca.
-¿Qué tal te va mi producto? -preguntó el granjero del prado.
-Ha sido una solución excelente -contestó el granjero malo. Esas vacas están contentas y nosotros nos forramos. Nunca lo sospecharán. Sólo son vacas.
-Bueno, en realidad no. Y no deben saberlo. Si descubren la verdad estaremos arruinados. Imagínatelo. Todas se irían del prado y se transformarían en aquello que quisieran, incluso en lo que más temen: los lobos.
-Entonces sigue metiéndoles miedo con ellos -dijo el granjero malo-. Tienen que estar atemorizadas. Jamás sabrán que la gran loba no permitirá nunca que un depredador las ataque. Todos la respetan.
-Sí, pero esas vacas tontas no conocerán en su vida a la gran loba de la montaña.
Los granjeros estallaron en carcajadas mientras el pegaso se alejaba del lugar. Sentía que debía rescatar a la vaca del matadero y avisar a las vacas del prado de las verdaderas intenciones del granjero, aunque quizás no la creerían. Pero esa es otra historia que contaremos en el momento adecuado.

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