27/5/17

Hacia mis retazos

Se cierran mis hojas en torno a la perla; negra, como el manto que me acoge. Y absorben lentamente las espinas, las que pinchaban hacia dentro, rasgando las entrañas; las que, en opuesta dirección, destruían y envenenaban sin piedad las palabras.

Camino, ahora, liberada. Tras atravesar la atmósfera plomiza y permanecer en la Nada creadora, ausente ya de raíces que no embriagan, salgo al exterior. Busco retazos del alma, que, entre la otra Nada y yo, descosimos con burdas manos y dejamos abandonados en caminos polvorientos y en senderos encantados.

Prosigo, esta vez sin magos, con un hada de alas rotas que mis lágrimas reaviva, entre el sol y las estrellas. Al extender mis dedos, casi puedo tocarlas; pero no debo distraerme. Los fragmentos que busco no están a los lados. Si no cierro los ojos, no podré encontrarlos jamás.

8/2/17

Ojos claros

Se llevaron el camino de ladrillos amarillos cuando aún no había aprendido a volar. Y aquellos ojos permanecieron dormidos allá donde las lágrimas se olvidan a sí mismas. Pero, no sé si por suerte o por desgracia, la vida es cíclica y llama a la puerta de la conciencia cuando menos lo esperas.

Siempre creí que los ojos claros estaban vacíos, porque los primeros que iluminaron mis cabellos quedaron enterrados muy pronto. Y es solo ahora, después de tantos años, cuando mi alma vuelve a recordar.

Ojos que reflejaban sueños, ventanas al espumoso terciopelo. Ojos a veces montaña, a veces aquel lago de Sanabria que guardaba en su interior una corriente cálida. Y, sobre todo, el valle que parecía un lecho en el que todo el Universo me arropaba, con su templo de Silencio en el centro.

Pero en todo cuento hay una sombra demasiado real a la que le gusta rasgar páginas. Ni siquiera recuerdo cómo el valle y el lago desaparecieron. La dulce soledad a la que invitaban fue sustituida por la asfixiante compañía de un espino oxidado. Y tuve que comenzar a recorrer el mundo sin una sola huella que me marcase el camino. Poco a poco fui convirtiéndome en mujer sin saber lo que significaba serlo.

Me dijeron que tu mirada se había nublado, que los gusanos plateados habían perforado tu rostro. Pero hoy aparecen tus ojos y, a pesar de los más de veinte años transcurridos, me reconocen a la primera, y en ellos reconozco yo la misma serenidad, aunque apenas los pueda acompañar ya una sonrisa.

Tal vez el camino de ladrillos amarillos ha desaparecido para siempre, pero hoy el cielo es un poquito más claro.


23/12/16

21-XII

Mi mano atraviesa la llama y el silencio permanece quieto. ¿Es la misma llama que ayer movía montañas?

Diferentes pares de ojos miran huecos desde su centro, pero mi piel traspasa la Nada. El acebo que coronaba el pecho no es ni siquiera cenizas, porque no lo sopló el viento. Se quedó momificado en el nuboso limbo.

Alguien dejó que los gusanos desinflaran los rubíes. Y la golondrina anidó en el mástil de un barco hundido.

El cráter y el géiser, a punto ya de extinguirse, acarician el aire con pequeños diamantes cavernosos y cascados, cada uno desde su continente.

El bosque, ahogando sus penas en el licor anaranjado del cielo, contempla el infinito mar que, sin saber cómo, se ha instalado a su alrededor.

Los hilos del arcoíris ya no se entrelazan alegremente. Tras descender quebrados con gran ímpetu, quedaron agotados y solo pueden mirar con ojos empañados.

Mientras todo esto sucede, Teseo y Ariadna, que han escapado de enredadoras plumas, se preguntan si podrían derramar su copa sobre la desordenada Tierra, a la que no puede revivir ni la semibenevolencia de Hades.

25/11/16

El bosque de arcilla

Tal vez aquellos labios guardasen en su interior sangre reseca. El caso es que el fuego llegó a trompicones aquel invierno y no hubo suficiente para mantener el vuelo de la mariposa. Aun así, fue el último en el que sentí algo de calidez. Comencé a vagar por un blanco desierto. Una tortura para quien, además de odiar ese color, había pasado tanto tiempo arropada por un pedazo de negro universo infinito. Un blanco cruel, que no solo abofeteaba el corazón entre inarmónicas carcajadas, sino que, además, apagaba todas las estrellas que hasta el momento habían guiado mi senda.

Por tanto, sin estrellas y sin verdes compañeros, continué caminando, empujada por una absurda obstinación. Supongo que nunca me gustó eso de rendirme. El corazón desgarrado, sin alas, lloró al verse en el espejo del hielo. Las lágrimas golpeaban el suelo como canicas olvidadas en el patio de un colegio. Pero algo se apiadó de mí -quizás mi propia tozudez- y el desierto dio paso a un espacio neutro, habitado por humanoides del color de la ceniza.

Ellos me azuzaban para que persiguiera el disco amarillo del cielo, al que, por ignorancia, llamaban sol. Aun sabiendo que no tenían razón, lo hice. Pero, cuanto más me acercaba a ese círculo aplanado, más se alejaba de mí. Con esto, aprendí a no escuchar más que a los susurros de la ondina que, cuando nací, tomó por hogar mi pecho. Comencé a coser con el hilo del pensamiento y, al mismo tiempo, a dibujar con mis pies sobre el barro.

Fue creciendo el tapiz y aumentando el bosque de arcilla, mientras contemplaba las grietas que atravesaban el alma, sin esperar que cayese un brillante cemento del cielo y, contradicción que jamás he entendido, sin perder la esperanza.

Hoy sigo sin ver el sol, pero ya no escuecen los latigazos de la intemperie. Es como si las cicatrices fuesen besadas por la Nada. Ondina continúa susurrándome paisajes que procuro plasmar en mi tapiz, aunque a veces las figuras acaban mezclándose con todo tipo de emociones y el resultado varía con respecto a la idea original.

20/11/16

En la cueva inhabitable

Desde que comencé a recorrer esta abrupta senda, pensé que la primera lección que aprendí era definitiva: Todo lo que necesitas está dentro de ti. Nunca imaginé llegar hasta donde estoy ahora, tan avanzada (comparándome conmigo misma) en algunos aspectos que ayer parecían imposibles de superar.

Sin embargo, veo que me equivoqué con esa lección; que, aunque fue útil en su momento y me sirvió para alejarme de personas dañinas y acercarme a mí misma, no es cierta. ¿Cómo puede serlo si los pedazos de mí que no encuentro no están aquí adentro? No sé dónde están. Sé que no se los ha llevado una persona, no creo que nadie tenga ese poder a no ser que uno mismo se lo dé.

Parece como si esos pedazos que he perdido se hubieran quedado en las hojas de los árboles que eran mis compañeros. Siento que no tengo más que volver a ese lugar para, de alguna forma misteriosa, recuperarlos y recomponerme. Pero, por un lado, no puedo volver, pues está vedado para mí; y, por otro, es posible que, aunque lo hiciese, ya haya desaparecido el brillo del suave verdor, que la savia haya sido despiadadamente consumida.


Cuando comencé el camino, el sol y los pájaros iban conmigo. Ahora me he adentrado en una cueva que se estrecha cada vez más y que parece interminable. Mi único acompañante es su gélido aliento, pues ni siquiera los murciélagos la encuentran adecuada como refugio.